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PASION EN BLANCO Y NEGRO

[Basado en hechos reales]
Otoño de 2016. Sábado. Llovía a mares en la calle. La ropa estaba fría y chorreando, pero el interior de mi cuerpo se encontraba a una temperatura mucho más potente. Así que, para remediar el frío exterior y como quien busca a la desesperada un albergue, entré en una vez más en el local. Me dirigí a la zona de taquillas del vestuario para comenzar a cambiarme de ropa. Había nervios, para qué negarlo. Otra noche en Querell. Otra noche de vicio y morbo. Otra noche genial, seguro.
Ocupé una parte de la fría banqueta y comencé a desabrocharme el pantalón. Debajo, un ceñido suspensorio dejaba mi culazo al aire. Sin cesar, los chulos entraban, salían, en solitario o con sus pandillas de colegas, ocupando toda la estancia. Pero, de repente y entre el gentío, surgió él: un chaval de unos 30 años de raza negra, bien dotado, 1’90 de alto, fibrado/musculoso, tatuado, guapo de cara y simpático por la forma en la que estaba hablando a sus amigos mientras entraba en el vestuario por la parte que comunica con el bar. Me quedé mirándolo fijamente, algo que no fue recíproco. Abrió su taquilla, se aprovisionó de un paquete de tabaco y, entre risas con sus colegas, salió. Unos segundos en los que el tiempo no pasó. Me encantó ese tío y no iba a dejarlo escapar. O, al menos, era mi intención.
Pero cuando accedí a la zona del bar… desapareció. Mi intuición decidió que tenía que empezar a buscarlo como si no hubiera un mañana. No se me podía escapar de ninguna manera. Y así lo hice. Comencé a recorrer todas las estancias de Querell mientras contemplaba a otros saciándose en la penumbra, pero ninguno era mi objetivo. No aparecía ese tío y estaba empezando a ponerme nervioso.
Solamente me quedaba una sala, la “prohibida” pero a la vez una de las más morbosas para mí: la de fumadores. Allí, entre la nube de humo y risas observando la porno, estaba él. Sentado en una banqueta, disfrutando -relajado- de un cigarro con el rabo en estado de flacidez, las piernas muy separadas y rodeado de sus colegas. Yo, desde fuera, apoyado en el marco de la puerta y sin dejar de clavar mi mirada en la suya, conseguí captar su atención. Me miró, otra vez. El dedo índice rozaba mis húmedos labios, indicándole una dirección mientras desaparecí. Se levantó, y -apagando el pitillo- me siguió hasta el vestuario.
–Ya tenía ganas de pillarte a solas –dijo, mientras me agarraba el culo, de espaldas contra las taquillas.
–Y yo de que me pillaras. Me pones bastante, tío –le repliqué, sin dejar de mirarlo lascivamente.

Asimismo un joven de unos 20 años observaba atento la escena, mientras se cambiaba de ropa e introducía sus pertenencias dentro del compartimento.
–Tiene buen culo esta pasiva, ¿no, tío? –preguntaba al negro que me estaba sobando a través del suspensorio.
–Ya ves, tío. Lo tiene mejor que mi mujer. –respondió, mientras me acariciaba bien el ojete–. Toca y verás.
–Joder, y mejor que mi piba. –pronunciaba entre risas cómplices.

Por los diálogos deduje que ambos eran heteros y además con pareja, lo que aumentaba mi morbo por momentos. El chaval veinteañero, entonces, lejos de marcharse y colocándose un condón que sacó de su taquilla, me clavó potentemente el rabazo empalmado hasta los cojones. Mientras, el chulazo negro preparaba su pollón para hacer lo propio. Tras un fuerte gemido, y después de muchas embestidas con corrida incluida, el más joven cedió mi culo al casado para que me empalase. Y no lo dudó. Clavó con facilidad su venoso y grueso falo oscuro en mi ojete mientras me tapaba la boca con la mano en la que se advertía su alianza de matrimonio.

–Disfruta, machote, disfruta –me susurró al oído mientras yo gemía fuertemente de placer–. Este culazo quiero reventarlo bien, como debe ser.

Mi cuerpo y el suyo parecían fusionados. Blanco y negro como combinación cromática perfecta. Las embestidas aumentaban, al igual que su ritmo cardiaco. El mío también estaba por las nubes, fantaseando ser su mujer en esos momentos.

Fue entonces, en plena follada, cuando su pandilla apareció en el vestuario.

–Joder, chavales, tenéis que probar este coñito. Madre mía, ¡cómo traga! –comentó a sus colegas, quienes se colocaron en círculo e iban pasando mi cuerpo de uno a otro. Besos negros, folladas de boca y de culo se intercalaban como si de una ruleta rusa se tratase.

De esta manera fueron probando mi dilatado ojal todos y cada uno de los seis amigos, pirándose del vestuario cuando los respectivos orgasmos vieron la luz. Cerré mi taquilla, exhausto, y accedí al bar para reponer fuerzas. Allí estaban ellos, cuchicheando y mirándome entre sonrisas: la misma sonrisa que dibujé en la cara mientras -mirándolos nuevamente- me dirigí al pasillo de Querell. Mi figura se perdió entre los cuartos y la muchedumbre humana. Ahora les tocaba buscarme para alcanzar la gloria, y es algo que solo dependía de ellos…

José (@JosePas24)