Basado en hechos reales

Nunca fui mucho de ir a sitios de cruising… tenía tantos tabúes metidos en la cabeza que aunque mi cuerpo pedía caña, me costaba reconocerlo.
Pasé por delante muchas veces y me imaginaba empotrado por los chulazos que veía entrar por aquella puerta.
El camarero y encargado de abrir cruzaba una mirada cómplice conmigo y esbozaba una sonrisa que yo repetía en mi cabeza cada noche, mientras me tocaba en mi soledad.
Me acerqué un domingo al caer la tarde y me puse en la puerta. Sólo imaginarme entrando ya había conseguido empalmarme. Noté una mano en mi hombro, y por detrás una voz que me decía ¿vas a entrar? Era un maromo con una bolsa.
Lo que sentí al cruzar aquél umbral sólo fue la punta del iceberg de todo lo que he sentido desde entonces.
Ahora ya no hay tabúes, y me gusta que me follen mientras, por el agujero en la pared, veo como el camarero sigue mirándome cómplice y regalándome sonrisas.

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