¿Conoces el miedo a la oscuridad y lo desconocido? Yo no. Lo perdí la primera vez que entré a Querell y me dejé llevar por mis instintos más primarios. Lo que en principio era curiosidad se transformó rápido en necesidad de visitar cada uno de sus rincones y, de camino, compartir mi deseo con tíos que aparecían de la nada y me obligaban a entregarme. Poco tuvo que insistir el primero en ponerme de rodillas frente a él. Pretendía violarme la boca pero se encontró con mi absoluta falta de resistencia. Mientras me afanaba en meterme hasta el último milímetro de su polla le escuchaba gemir y me ponía a mil. El placer de los demás siempre ha multiplicado el mío y aquel tío estaba a punto de correrse en mi boca. Me la saqué a tiempo para poder sentir su leche por toda mi cara. Antes de que pudiera recomponerme del éxtasis alguien me obligó a levantarme para comerme la boca, al tiempo que una lengua experta me lamía el culo y me lo iba abriendo con los dedos, evidente anuncio de lo que estaba por venir. Sin duda se trataba de un experto. En apenas diez segundos había abierto el envoltorio del condón, se lo había colocado y me había metido la punta, follándome sólo con el capullo para ir abriéndome poco a poco. El que me besaba la boca me obligó a bajar hacia sus huevos, metiéndomelos en la boca, comprobando con los dedos que no quedaba nada fuera. De repente el que me apuntaba por detrás me la metió hasta el fondo, provocándome un ligero dolor que pronto se convirtió en placer absoluto. Hubiese chillado si no tuviera la boca tan llena por esos huevos que rápidamente empecé a sentir que se vaciaban en mi cara mientras alguien pajeaba a su dueño. Cuando me los sacó de la boca no pude reprimir más mis gemidos, que actuaron como llamada para una decena de tíos que se metieron en la sala para unirse a nuestra fiesta. Mientras uno de ellos me la metía en la boca otro ocupaba el hueco que quedaba vacío en mi culo, bastante abierto ya. Al mismo tiempo alguien se arrodillo frente a mí, entre las piernas del que me follaba la boca, para pegarme una mamada de infarto. Quería aguantar porque aún quedaba mucha noche por delante, pero esos labios expertos, junto a las embestidas que recibía por el culo y la boca, me obligaron a vaciarme entero en la cara del perfecto mamón y dos espontáneos más que aparecieron de la nada para recoger entre los tres mi leche. Desde entonces cuando alguien me pregunta qué es para mí la felicidad, recuerdo aquel momento en Querell y todos los que vinieron después…

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